El horizonte temporal de la inversión como clave de su éxito

Aunque no lo parezca, el horizonte temporal de una inversión es un factor que determina la estrategia a seguir. Sin embargo, también, la temporalidad de la inversión puede ser una gran aliada…

Supongamos que pretendemos ganar un 15% de rentabilidad sobre 6.000 que hemos invertido; ese es nuestro objetivo. Pero ¿en cuánto tiempo vamos a cumplirlo? Aquí reside la clave del éxito si fijamos como horizonte temporal un año, aunque es posible que debamos aceptar un nivel de riesgo mucho mayor que en el caso de establecer unos 5 años para ganar la misma rentabilidad (la rentabilidad anualizada será menor y nos permitirá invertir en activos con menor riesgo).

En nuestro ejemplo, la estrategia de inversión se centra en el corto plazo, utilizando activos acordes a ello. Por si fuese poco, no tendremos tiempo para esperar los intereses y/o dividendos que puedan ofrecernos estos activos, tampoco podemos reinvertir estas rentas y aprovechar así los beneficios del interés compuesto.

El horizonte temporal de la inversión marca el enfoque y la política a seguir. De hecho, es un factor de suma importancia a la hora de plantear inversiones. Básicamente, existen tres tipos de temporalidades cuando hablamos de inversiones financieras (corto, medio y largo plazo), aunque el límite entre una y otra es difuso. Lo interesante es conocer las claves del éxito a la hora de plantear una estrategia inversora: ¿influye el horizonte temporal en ella?

Sin lugar a dudas: el tiempo nos ofrece una serie de ventajas que pueden determinar el éxito. Vamos a descubrir cómo podemos aprovecharlas.

Planifica tu inversión, como primer paso

Antes de comenzar a invertir, el ahorrador debe disponer de un plan. Responder a preguntas tales como: ¿qué pretendo conseguir con esta inversión?, ¿proteger mi capital contra la inflación?, ¿rentabilizar mis ahorros el máximo posible?, ¿obtener rentas periódicas?...

Estas cuestiones nos ayudarán a forjarnos un objetivo.

Las metas propuestas deben ser realistas y tener presentes los riesgos en todo momento. El riesgo es un factor que está ligado a la rentabilidad esperada, conviene plantearse – como uno de los primeros pasos – cuánto riesgo somos capaces de asumir.

La estrategia inversora dependerá de las necesidades individuales de cada ahorrador y de su punto de partida, es decir, de su situación financiera, fiscal, personal, familiar, etc. El capital disponible y la capacidad de ahorro son dos factores esenciales para el diseño de nuestro plan de inversión.

En este punto, todo aquel que pretenda invertir con éxito debe preguntarse cuánto tiempo precisa para cumplir con los objetivos marcados. Dicho de otro modo: establecer el horizonte temporal de su inversión.

Las inversiones a corto plazo son válidas para determinados objetivos. Sin embargo, debemos saber que el tiempo que dure nuestra inversión conlleva muchas características que, sabiéndolas aprovechar a nuestro favor, nos harán ganar rentabilidad.

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El horizonte temporal de nuestra inversión y el riesgo

En las inversiones a corto plazo (un año o menos) no se dispone del tiempo necesario para recuperarse en caso de una caída en los mercados financieros. Bajo esta perspectiva, una buena estrategia de corto plazo podría ser garantizar el ahorro a través de activos refugio (considerados como de “riesgo nulo”) y de una gran liquidez.

Rentabilizar nuestros ahorros en el corto plazo es objetivo legítimo, pero debemos ser conscientes de que intentar este tipo de objetivos en un reducido espacio de tiempo, supondrá una estrategia arriesgada. Las inversiones requieren su tiempo, al igual que los frutos de un árbol.

He aquí la primera clave del éxito: Cuanto mayor sea el horizonte temporal de la inversión, menor riesgo será necesario asumir para conseguir nuestros objetivos. Las inversiones a largo plazo pueden establecerse bajo una táctica que exija una menor rentabilidad anual. A esto debemos añadir el mayor tiempo del que dispone el inversor para tomar decisiones.

El tiempo favorece a la diversificación

No existe mejor modo de proteger nuestras inversiones que a través de la diversificación. Sin embargo, configurar una cartera bien equilibrada lleva tiempo y requiere un mayor capital (a no ser que se instrumenten a través de fondos de inversión).

Una inversión de corto plazo necesita una mayor atención a los movimientos de los activos en los mercados financieros, debido a que el inversor debe comprar y vender con mayor frecuencia (con fines de evitar declives en los mercados). Esta característica impide el tener una cantidad de activos en cartera que proporcionen la diversificación adecuada.

Además, al margen de la diversificación geográfica, sectorial, etc., no podemos obviar la diversificación temporal. Si se destina dinero a las inversiones financieras en distintos períodos de tiempo, a precios diferentes, estaremos protegidos de esos momentos en los que se invierte justo cuando el mercado dibuja un máximo y comienza una corrección.

Como es lógico, para aprovechar la diversificación temporal, debemos invertir a plazos más dilatados. Esta es otra de las claves para el éxito, aunque, claro está, es preciso realizar aportaciones periódicas.

Las rentas de los activos financieros

Tanto los activos de renta fija como los de renta variable proporcionan unas rentas periódicas; unos en forma de intereses, otros en dividendos (respectivamente). La cuestión es que estas rentas aumentan el beneficio de las inversiones: no sólo se obtiene rentabilidad de la revalorización de los activos en los mercados.

Es lo que se conoce como la “rentabilidad total” (rentabilidad por las fluctuaciones de los precios sumada a la rentabilidad conseguida por intereses y/o dividendos, sin contar con algún otro beneficio adicional).

Bien sea mediante inversiones directas o bien a través de fondos de inversión, estas rentas pueden adherirse al capital y realizar una nueva compra de activos, que a su vez nos generarán más rentas; y podremos comprar más activos, que nos darán más rentas…

En otras palabras: estaremos aprovechando el interés compuesto; una de las claves para su provecho es la temporalidad de las inversiones (cuanto mayor sea, mejor).

Los fondos de inversión de acumulación utilizan esta estrategia: con los beneficios obtenidos compran más activos financieros, propiciando que el capital crezca de manera exponencial.

Por si fuese poco, gracias a las rentas generadas por los activos, ante una mala racha en los mercados, a la depreciación de estos activos financieros debemos restarle dichas rentas. En estos casos, incluso es posible que la rentabilidad total sea positiva.

Las comisiones y los costes fiscales

Cada vez que se produce una operación inversora debemos rendir cuentas con la Agencia Tributaria.

Si, por ejemplo, invirtiésemos en acciones, sin llegar a percibir dividendos, al vender nuestras acciones deberemos hacer frente a los gastos fiscales y las comisiones que nos pueda cobrar nuestro bróker.

Así las cosas, cuantas más operaciones de compraventa de activos se realicen, mayores costes se tendrán. Gastos que por otra parte dejan de sumarse al capital, perdiendo todo el beneficio potencial del interés compuesto.

Por este motivo, cuanto mayor sea el horizonte temporal de nuestra inversión, menores costes deberemos asumir.

En cuanto a los fondos de inversión, si no presentan comisión de suscripción y/o reembolso, no se aplicará ningún coste a la hora de realizar una compraventa; así como no se considera un hecho imponible el traspaso de capital entre fondos de inversión y no se debe tributar por ello.

Los beneficios procedentes de las rentas generadas también tienen unos costes (comisiones e impuestos). Aun invirtiendo en depósitos bancarios, a los (pocos) intereses cobrados habrá que descontarles la deducción fiscal del 19%. Las rentas que perciben los fondos de inversión tributan al 1% (haciendo que nuestro capital crezca más).

Estas características de los fondos de inversión, más la diversificación que ofrecen desde el primer momento, les convierten en un producto financiero versátil para acometer estrategias de corto, medio y largo plazo. A pesar de las demás claves del éxito que trae consigo el horizonte temporal de la inversión.

 

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Juan Puente

Juan Puente

Economista y PDD por el IESE. En 1995 constituí una empresa pionera en España para la implantación de Internet en empresas, y siempre he trabajado desde este campo para ofrecer soluciones innovadoras a través de la red. Me interesa cómo la gente usa Internet para relacionarse y el cambio que ha supuesto en el mundo, así como el SEO, el Lean Start up y cómo se pueden lograr servicios masivos e innovadores con costes contenidos en situaciones de grandes economías de escala. Estoy acostumbrado a constituir y liderar en equipos de alto rendimiento en entornos competitivos, internacionales, multidisciplinares, competitivos, innovadores y complejos, donde la rentabilidad, durabilidad, rapidez de respuesta y adaptación al cambio constituyen factores claves en la consecución de resultados para el resto de accionistas. Juan Puente

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